Y este ser si grita
y no oye. Si escribe y siente, y siente en exceso. Me abruma. No
siento tanto para dejar de sentir, y reparto y vagabundeo en el
sinfín universal de cruzarnos. Cruzarme, dividirme, sentirte lejos,
cercano. Cerquita que estoy a olvidarte. Cerquita que estoy a
olvidarme. Y me olvido, porqué vivir desviviendo. Pasos cruzados, e
infinitos. Finito es la raya de la vida, vivo finito en mis rayas. Y
no quiero, y no quiero orden. Y la crisis es amigable y ruego, que a
veces se vaya. Y no. No pretendo efímeros, y no soy radical.
Tercas las almas de
la indecisión. Y es el ir continúo hacia todos lados, hacia ningún
lado. Hacia mí, o hacia vos.
Y no ato memorias, y
los caminos fluyen en direcciones turbulentas, la comodidad es
trágica. Qué digno es caer, rodar, tumbarse, chocar con el alma, y
encontrarme tanto en mí, como en todos.
Y el muro es
ventana. La ventana tiene alas, y la firmeza le agobia.
Y te escucho en la
sombra. En la sombra del alma. Planto semillas y no odio. Planto
transformación y espero, y recibo frutos.
¿Y, qué haría sin
la crisis? Necesaria y divina, interruptora y destructora. Demole
muros, y transforma.
Desvivo de mí. Me
alejo y observo. Cuán necesario fuiste. Y el desapego te trunca el
espejo vidrioso. Y me sonrío y me alegro, y no destruyo, porque me
transforma. Grito, grito de alegría de vivir para sentir, sentir que
vivo.
Es la ficción de
vivir y derrumbarse. Es un profundo egoísmo para reconocer que el
camino forjado es al interior. Y es magnífico, y sombrío. Tan necesaria, y tan divina.
Y tan necesario es
vivir. Contar la destrucción y habitarme en palabras. En golpes
minúsculos del alma. Del corazón nace algo más intenso. Y cuán
egoísta es todo.
Y si no fuese
así...¿cómo sería?
Sería yo. ¿Será
posible volver a encontrarme?
Y sí.
Y todas las
estrellas, y las supernovas, y el aire cósmico que te invade, y me
agita. Y me agobia sentir cómo siento para sentir menos. Y me
responde. Me responde la voz que no oye, y me oye.
Y sí.
Nadie nunca.
Oímos afuera, y no
sentimos adentro.
Y se ve.
Y se siente.
Abandono los puntos,
y coloco comas. Y espero.
Y esto sigue y
continúa aún sin palabras y con gestos de adiós porque no digo
chaú recibo energía porque esto es cíclico.
Y decido no esperar.
Continúo. Siento en exceso y me encuentro tan efusiva, como triste.
Tan melancólica
como profunda.
Profundamente
sentida de sentimientos y emociones.
Me cruzo de palabras
y me desparramo en ausencias. Vivo vacíos rellenos de superficies
estelares.
Y me encuentro.
Y encuentro.
Tanta
Tanta paz.
Y agradezco.
Porque fuiste.
Porque no serás.
Porque fue.
Y no olvido porque
lo transformo.
Y no lo guardo, lo
dejo volar.
Y recibo para
escribir. Escribo y olvido y mientras más escribo más profundo es
el desarraigo.
Es el desapego a las
cosas, a las personas. Si Dios hubiese pensado en el desapego, y en
la necesidad de cortar las amarras, y naufragar a otros rumbos...¿qué hubiese pasado?
Si hubieses pensado
en no olvidarte, que olvidar es el olvido a recordar lo que recuerdo y
cada recuerdo es el sinfín hacia un camino que destruye que
recompone y no quiero. Y sí quiero, al final.
Y me encuentro.
Extasiada.
Atosigada de palabras
sin significado.
Es la latencia a no
repetir, a sentir lo que trepida en el alma. Y siento con angustia, y
con alboroto.
Y me quiero, y me
encuentro en crisis. Y resurge en mí la vida creativa que me avisa,
y no entorpece, es la luz del continuo avance hacia otros mares, y
otros océanos.
Agito en el interior
asombroso un mar de sílabas y consonantes. Y me encuentro tan
risueña.
Y sí, si quiero la
crisis. Porque agradezco sentir en exceso para recordar que estoy
viva y que siento tanto como olvido y recuerdo para crear y
transformar.
Y al final de todo,
la memoria es el arte que se moldea.
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