sábado, 18 de octubre de 2014

La cabina

Comenzó a llover, la oscuridad se había hecho aún más intensa. Y el frío vapor de las alcantarillas, daba la sensación de encontrarse en una extraña película de terror. Del otro lado de la acera, la cabina sonaba intensamente. Y el eco, se expandía en la solitaria y desértica calle. Ella volteó, y observó por un largo rato. Por un momento, el sonido cesó. Y el silencio profundizó su temor a las calles desoladas. Casi sin notar, una sonrisa se cruzó con la suya. Instantáneamente, el teléfono volvió a sonar. Decidió volverse, y atender al llamado. Escuchó la respiración, y alguien ya había cortado. Colgó.

Se volteó y al tomar el picaporte, notó que estaba encerrada. Afuera, la lluvia enfurecía. Y aquella sonrisa fugaz daba vueltas alrededor de su desesperación. Pequeñas almas, llenas de malicia, danzaban en torno a la cabina. Su respiración agitada empañaba los vidrios y se mezclaba con la densa bruma del exterior. Se afanaba en vano, en tratar de escapar de aquél pequeño cubículo. Extenuada; observó el picaporte manchado de sangre, y en sus manos los cortes por el filo de la manija. En un último intento de exasperación; mientras las almas gritaban y golpeaban la cabina, mientras el teléfono no cesaba de sonar, la puerta se abrió. Y ella, cayó derrumbada. Leves gotas rodaban en su mejilla, y en la acera el agua se mezclaba con la sangre de sus manos. Los niños correteaban y brincaban en los charcos. Algunos peatones paseaban asombrados, otros habían observado la angustia de aquella joven que trataba de huir inútilmente del ilusorio cubículo de la imaginación.



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