Comenzó a llover, la oscuridad se había hecho aún más
intensa. Y el frío vapor de las alcantarillas, daba la sensación de encontrarse
en una extraña película de terror. Del otro lado de la acera, la cabina sonaba
intensamente. Y el eco, se expandía en la solitaria y desértica calle. Ella
volteó, y observó por un largo rato. Por un momento, el sonido cesó. Y el
silencio profundizó su temor a las calles desoladas. Casi sin notar, una
sonrisa se cruzó con la suya. Instantáneamente, el teléfono volvió a sonar. Decidió
volverse, y atender al llamado. Escuchó la respiración, y alguien ya había
cortado. Colgó.

Se volteó y al tomar el picaporte, notó que estaba encerrada.
Afuera, la lluvia enfurecía. Y aquella sonrisa fugaz daba vueltas alrededor de
su desesperación. Pequeñas almas, llenas de malicia, danzaban en torno a la
cabina. Su respiración agitada empañaba los vidrios y se mezclaba con la densa
bruma del exterior. Se afanaba en vano, en tratar de escapar de aquél pequeño
cubículo. Extenuada; observó el picaporte manchado de sangre, y en sus manos
los cortes por el filo de la manija. En un último intento de exasperación; mientras
las almas gritaban y golpeaban la cabina, mientras el teléfono no cesaba de
sonar, la puerta se abrió. Y ella, cayó derrumbada. Leves gotas rodaban en su
mejilla, y en la acera el agua se mezclaba con la sangre de sus manos. Los niños
correteaban y brincaban en los charcos. Algunos peatones paseaban asombrados, otros
habían observado la angustia de aquella joven que trataba de huir inútilmente del
ilusorio cubículo de la imaginación.
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