martes, 4 de marzo de 2014

Crónica de un Viernes anunciado

Viernes 4 de septiembre del 2013
Son las 5:00 de la matina, hora de levantarse. Los arriesgados, los valientes, los felices de la vida, los que han descansado de maravillas lo hacen sin problemas, pero también están los “otros”, la gente que apenas logró cerrar los ojos por dos o tres horas miserables de sueño, la gente que apenas saca el brazo de forma inconsciente, entre  frazadas y colchas, para tomar el celular, suspender la alarma y seguir durmiendo.
 Los peligros de la automaticidad conducen justamente a ese problema de la impuntualidad. Por suerte dormí profundamente 21 minutos, más que las cinco horas que me pasé dormitando.
En fin, viernes cómo te odio. Llegar al bendito viernes, levantarse bastante tarde y saber que dentro de una hora y treinta minutos te espera un parcial de la asignatura que más “disfrutas”, escuchando el monólogo del profesor por más de cuatro horas seguidas es… “motivante”. Posteriormente procedí a repetir mis mantras para augurarme una buena mañana, “hoy va a ser un maravilloso día”, “vamos a ponerle pilas”, “Hoy voy a tener un gran día” “Esto va a ser fácil” “Es viernes, a salir con todas las ganas del mundo, y una enorme sonrisa.”
Nada sirvió, de tanto automaticismo, ya perdió vigencia. Los viernes para mí son como los lunes, odiados y saturados de odio. Por suerte, se despierta mi mamá, (que es raro que se levante porque duerme como una tabla y mi viejo siempre le reprocha esa “habilidad” que tiene de pegar los ojos apenas se acueste) me dice – Hijita, te va a ir bien, vos sabés. ¿Tenés plata?. Le respondo: -Sí mami, gracias, anda a dormir, que tenés que trabajar toda la tarde y no aguantás. (Por ese motivo soy media pila, por la herencia genética, y más a la tarde, pareciese que estoy a punto de caer en coma profundo, pero mis actividades curriculares me impiden disfrutar de la maravilla de la siesta.)
Creo, que ése es el motivo por el que muchos reinciden en la facultad, no son capaces de omitir la siesta e ir a estudiar. Pero, ése es un tema aparte.
Ya eran, las 5:30: en 10 minutos tenía que estar preparada, y con el desayuno a medio morfar.
Salgo de casa, 5:50, las calles de tierra, la canaleta del vecino en nuestra vereda, el hedor y el inconfundible olor matutino, de árboles y brisa del río, paz y tranquilidad, nadie, absolutamente nadie en la calle. En este barrio pareciese que soy la única que madruga.

Luego de caminar dos cuadras llego a la parada, la más cercana pero no la más recomendable. Cada colectivo tarda aproximadamente media hora en llegar, y no es favorable a mi humor esperar tanto. Por ende, camino otras dos cuadras más, sobre la calle principal y observo que el colectivo ya ha llegado a la supuesta parada en la que tendría que estar, por suerte hay varias personas esperando y eso me deja unos segundos para correr y llegar antes de que el chofer decida marcharse. A la mañana mi estado físico es pésimo, como la mayor parte del día, pero hago el esfuerzo y trato de adelantar el paso. Gracias a la divina Providencia, el chofer logró captar a esa pobre alma, y decidió esperarme. Cuando llego a la puerta, semi-muerta, desahuciada,  le entregué mi boleto universitario, y esbocé un pequeño y sin aliento de “Gracias”. Caminé por el pasillo del colectivo y me senté al fondo cerca de la ventana. Hurgue  entre mis carpetas, papeles y fotocopias para sacar mis auriculares, y escuchar mi música, que siempre logra levantarme el ánimo.
Luego de pasar varias cuadras, el colectivo está repleto y no cabe un alma, la gente apenas puede mover el brazo para observar si tiene alguna notificación del celular, o si le ha llegado algún mensajito. Mi maravillosa música se mezcla con el parloteo de los juveniles que se sentaron en la misma fila del fondo. Chicas y chicos de secundaria que ríen a carcajadas, se visten de forma extraña y con peinados raros, gritan y están con las emociones exacerbadas, por el motivo de que sea viernes; sinónimo de fiesta y descontrol, con todo lo que la palabra implica. Definitivamente no aprendieron a hablar bajo, y ante tamaña algarabía procedo a suspender mi reproductor y escuchar alguito de lo que hablan.

Error. 
No logro entender nada, códigos diferentes, muchas señas, miradas, gesticulaciones y muletillas, entre tanto desorden y para completar la alegría matutina, sube una señora (por la puerta del fondo) e ingresa a las carcajadas con otras mujeres, en la misma situación de alborotos y risitas. Su hija, que también sube con ella, trata de calmarla, porque en ese momento todos los pasajeros y yo incluida, las observábamos detenidamente. La señora se reía a cada tanto, y no era una risa sencilla y contagiosa, eran risotadas espontáneas y extremadamente sonoras.
Reconozco, que no es algo normal, algunas veces considero que la gente mayor debe guardar orden y entereza de ser personas mayores, y dejar ese tipo de comportamientos en público a los adolescentes que estaban a mi lado. Al fin y al cabo, me deshice de ese pensamiento, la gente tiene que reír o por lo menos simular felicidad porque si no fuese de esa forma creo que no hubiese sonreído a la par de sus carcajadas, y no me hubiese alegrado la mañana como lo hizo ese día. Luego, lo dicho por la señora se convirtió en una de mis más grandes reflexiones matutinas, ya que una de sus amigas le preguntó el motivo de tanta felicidad y ella solamente respondió, que “si no sonriese, sería fea y amargada, y no me queda de otra que sonreír.”. Por ende, deduzco que se refirió a la capacidad de iluminar la vida con una sonrisa, y al menos transformar una mañana rutinesca y aburrida en algo más colorido y alegre. En fin, ése día se torno reflexivo, y por sobre todo soportable. No faltó la sonrisa y la expresión risueña de la señora del colectivo.


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