Su vida se recorría entre inmensos mares de alcohol, éxtasis, descontrol, y llantos. Para acabar rendida a los ojos de algunos de sus tantos pretendientes. Bella, audaz, sensible y carismática, fuerte, e impulsiva. Cómo manejar semejante caudal de energía, cómo ser ella misma, cuándo el mundo le exigía actuar, le pedía autoridad y fuerza, a tal punto de perder la verdadera sensibilidad femenina. Ella no, ella no podía decaer, no podía trastocarse con las piedras acumuladas en su libertino corazón. ¿Y su alma?. Había creado las barreras necesarias e inconscientes para seguir, para continuar aunque algunas veces sintiera la cárcel a la cual estaba sumida.
Pero a veces, el destino busca la manera para encontrarte, algunas veces de forma inesperada y casual, pero de otras de manera trágica, instantánea, fugaz, y verdaderamente transformadoras.
Esa noche, en el 5to piso de la Avenida Americana, Constantini se sumergió en sus aposentos a rememorar la vanidosa felicidad, el amargo sabor del amor, la tristeza irreconocible, y el bello resplandor del dinero. Su tragicómica vida repleta de superficialidades. El cóctel perfecto que le auguró mucho más desencanto que todo aquello que ya había vivido. Anestesiada profundamente, a causa de las mezcla de pastillas y alcohol, olvidó su alma, que la sumergió a las confinidades de ese pequeño mundo olvidado, allí recordó los sueños de una pequeña niña, de sonrisa gigante, vestidos de colores y alma de inocente. Recordó su origen, sus padres, sus amigos incondicionales y de todo la vida, recordó alegrías, llantos de caídas y travesuras, recordó amor y abrazos. Vivió instantáneos y fugaces tiempos de locura, de risas intensas, de saltos gigantes. Sobre los polvos de la memoria, los recordó, sorprendida por esos tiempos benévolos, trató de olvidarlos, y pisar su propia realidad. Se encontró con el amor y la tristeza de la mano y en el mismo lugar, la fama y el dinero arrebatando su vida y su alegría. Sufrió desconsoladamente en el balcón de la Avenida. Suspiró profusamente, y casi con dificultad, logró levantarse de su silla, tomó su botella de whisky y se dirigió languidecidamente a la valla del final del balcón.
Observó el cielo, las estrellas, la luna, levantó de manera torpe sus piernas, extendió sus brazos, y sintió la paz al borde del edificio. Sintió la muerte y la vida separadas en un instante.
Dejó caer la botella, y el efecto placebo de la libertad la desvaneció, su cuerpo rompió al viento y culminó entre la pequeña alborada alrededor del edificio. La mirada atónita de los transeúntes seguía intacta, tratando de buscar algo de vida entre esas ramas cubiertas de sangre.
La vida no transcurría, la vida se había detenido, y ésta giraba en torno a imágenes difusas de gente que no comprendía la situación, ni conocía a la protagonista del trágico hecho, ruidos de sirenas, sollozos y pánico conformaban la casi apacible noche de octubre, en esas calles alejadas de la metrópoli y de las luces intermitentes de las 2 de la madrugada.
Observó el cielo, las estrellas, la luna, levantó de manera torpe sus piernas, extendió sus brazos, y sintió la paz al borde del edificio. Sintió la muerte y la vida separadas en un instante.
Dejó caer la botella, y el efecto placebo de la libertad la desvaneció, su cuerpo rompió al viento y culminó entre la pequeña alborada alrededor del edificio. La mirada atónita de los transeúntes seguía intacta, tratando de buscar algo de vida entre esas ramas cubiertas de sangre.
La vida no transcurría, la vida se había detenido, y ésta giraba en torno a imágenes difusas de gente que no comprendía la situación, ni conocía a la protagonista del trágico hecho, ruidos de sirenas, sollozos y pánico conformaban la casi apacible noche de octubre, en esas calles alejadas de la metrópoli y de las luces intermitentes de las 2 de la madrugada.

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