lunes, 18 de noviembre de 2013

La casa fúnebre


La casa era sencilla y a simple vista parecía ser cómoda y acogedora. Era lo necesario y reducido al escueto salario de Jonás. Pretendía  con sus primeros sueldos llegar a modificar el frente, ya destruido por el verde moho y algunas lianas que se habían apropiado de la ventana colindante al muro. Pero tuvo que desistir de la idea debido a que el anterior dueño, del año 1989, había contraído una deuda a causa del impago de las cuotas de limpieza y mantención comunitaria. Y, desde ése último año la cuenta había estado multiplicándose afectando desafortunadamente a sus bolsillos.
Procedió a dar unas  vueltas alrededor de la casa antes de ingresar al interior de la misma.
Al fondo poseía una pequeña y redonda piscina en desuso, con aguas estancadas verduscas, cubiertas de algas y alguno que otro residuo flotando en el mismo. Botellas, latas, bolsas configuraban el panorama que le auguraban un arduo trabajo de limpieza. El único árbol se encontraba sombrío y oscuro en la esquina. Demasiado tenebroso como para observarlo a una distancia reducida. Decidió no perder el tiempo en esas nimiedades, y proceder valientemente al interior del hogar.  Ya se había resignado a tener suficiente trabajo que hacer luego de que se acercase la mudanza, y por lo tanto no se extrañaría en  encontrar más desorden dentro del hogar.
Al tomar la perilla de la puerta, sintió un leve escalofrío, que en un suspiro recorrió su cuerpo. Abrió lentamente,  miró atónito, casi con incredulidad, totalmente perplejo y paralizado a lo que sus ojos estaban viendo. Increíblemente se introdujo a uno de los interiores más bellos que jamás hubiese conocido. Sorprendido y desconcertado, ante tan grato paraíso material. El interior no concordaba con el rededor de la casa. Era mágico, era otro lugar.

 El verde agua de las paredes, las lamparitas de la época en perfecto estado, los muebles brillantes y luminosos,  las sillas con diseños de realeza, el tono dorado oscuro del mobiliario, los sillones rojos, el vitral de colores, un espejo rectangular con esquinas bordeadas, la mesa y su blanco mantel, que a pesar del tiempo mantenían la calidez y la belleza intacta. Las flores en el centro  amarillas y naranjas, frescas, como si hoy las hubiesen cortado. Sintió un aroma a rosas y sándalos que cubría el espacio. Él aún seguía  sorprendido ante tanta magnificencia. Decidió sentarse y observar detenidamente, cada detalle, cada espacio, cada borde.  El silencio espectral. Ni un solo suspiro, ni una sola alma, ni la suya. Tenía los ojos entornados, a punto de cerrarlos. Dejó que su cuerpo repose, sumiéndose al profundo mutismo de la habitación, desvaneciéndose en cada respiro. Sentía  una esencia penetrante cubrirlo envolventemente.  Languidecía, mientras una suave música de los ’80 sonaba. Abrió los ojos, y vio una pequeña niña observándolo detenidamente. Rubia angelical de inmaculada belleza pero aún así tenebrosa y macabra. Su cuerpo se heló, y antes de desaparecer  su mirada profunda lo orientó hacia la puerta, que se abría lentamente.  Debía irse, pero no lograba incorporarse. Un pequeño mareo empujó su cuerpo cansado y somnoliento hacia el sillón. El ambiente se tornó denso, lúgubre y una intensa sensación de muerte lo cubría. Los mareos aumentaban, y el tiempo corría en su contra. Creyó sentir oscilaciones, y el piso se volvió negro, al igual que el rededor. Observó  a  la niña blanca espectral saltar y dar brincos alrededor del sillón. Escuchó la puerta cerrarse de un golpe, mientras la niña se dirigía hacia él, con las pupilas enrojecidas  y el vestido manchado de sangre. No pudo evitar cerrar los ojos, y un suspiro le arrebató el aire por última vez. 

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