La casa era sencilla y a simple vista parecía ser cómoda y
acogedora. Era lo necesario y reducido al escueto salario de Jonás. Pretendía con sus primeros sueldos llegar a modificar el
frente, ya destruido por el verde moho y algunas lianas que se habían apropiado
de la ventana colindante al muro. Pero tuvo que desistir de la idea debido a
que el anterior dueño, del año 1989, había contraído una deuda a causa del
impago de las cuotas de limpieza y mantención comunitaria. Y, desde ése último
año la cuenta había estado multiplicándose afectando desafortunadamente a sus bolsillos.
Procedió a dar unas vueltas
alrededor de la casa antes de ingresar al interior de la misma.
Al fondo poseía una pequeña y redonda piscina en desuso, con
aguas estancadas verduscas, cubiertas de algas y alguno que otro residuo
flotando en el mismo. Botellas, latas, bolsas configuraban el panorama que le auguraban
un arduo trabajo de limpieza. El único árbol se encontraba sombrío y oscuro en
la esquina. Demasiado tenebroso como para observarlo a una distancia reducida. Decidió
no perder el tiempo en esas nimiedades, y proceder valientemente al interior
del hogar. Ya se había resignado a tener
suficiente trabajo que hacer luego de que se acercase la mudanza, y por lo
tanto no se extrañaría en encontrar más
desorden dentro del hogar.
Al tomar la perilla de la puerta, sintió un leve escalofrío,
que en un suspiro recorrió su cuerpo. Abrió lentamente, miró atónito, casi con incredulidad,
totalmente perplejo y paralizado a lo que sus ojos estaban viendo. Increíblemente
se introdujo a uno de los interiores más bellos que jamás hubiese conocido.
Sorprendido y desconcertado, ante tan grato paraíso material. El interior no
concordaba con el rededor de la casa. Era mágico, era otro lugar.
El verde agua de las
paredes, las lamparitas de la época en perfecto estado, los muebles brillantes
y luminosos, las sillas con diseños de
realeza, el tono dorado oscuro del mobiliario, los sillones rojos, el vitral de
colores, un espejo rectangular con esquinas bordeadas, la mesa y su blanco
mantel, que a pesar del tiempo mantenían la calidez y la belleza intacta. Las
flores en el centro amarillas y naranjas,
frescas, como si hoy las hubiesen cortado. Sintió un aroma a rosas y sándalos que
cubría el espacio. Él aún seguía sorprendido
ante tanta magnificencia. Decidió sentarse y observar detenidamente, cada
detalle, cada espacio, cada borde. El silencio
espectral. Ni un solo suspiro, ni una sola alma, ni la suya. Tenía los ojos entornados,
a punto de cerrarlos. Dejó que su cuerpo repose, sumiéndose al profundo mutismo
de la habitación, desvaneciéndose en cada respiro. Sentía una esencia penetrante cubrirlo
envolventemente. Languidecía, mientras una
suave música de los ’80 sonaba. Abrió los ojos, y vio una pequeña niña observándolo
detenidamente. Rubia angelical de inmaculada belleza pero aún así tenebrosa y
macabra. Su cuerpo se heló, y antes de desaparecer
su mirada profunda lo orientó hacia la puerta, que se abría lentamente. Debía irse, pero no lograba incorporarse. Un
pequeño mareo empujó su cuerpo cansado y somnoliento hacia el sillón. El
ambiente se tornó denso, lúgubre y una intensa sensación de muerte lo cubría.
Los mareos aumentaban, y el tiempo corría en su contra. Creyó sentir
oscilaciones, y el piso se volvió negro, al igual que el rededor. Observó a la
niña blanca espectral saltar y dar brincos alrededor del sillón. Escuchó la
puerta cerrarse de un golpe, mientras la niña se dirigía hacia él, con las
pupilas enrojecidas y el vestido
manchado de sangre. No pudo evitar cerrar los ojos, y un suspiro le arrebató el
aire por última vez.
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